La historia de Roger Tullgren es una de esas leyendas urbanas del metal que suenan a broma… hasta que descubres que es totalmente real. Este fan sueco llevó su pasión por el heavy metal a un nivel tan extremo que terminó siendo reconocido por el Estado como incapacitado para trabajar a tiempo completo, recibiendo una pensión oficial por lo que los psicólogos describieron como una adicción al heavy metal.
Tullgren, originario de Hässleholm, vivía literalmente para la música. Durante años asistió a más de 300 conciertos anuales, viajando constantemente, faltando al trabajo y dedicando cada minuto libre a escuchar metal. Su obsesión era tan intensa que perdió varios empleos: llegaba tarde, pedía días libres para ir a festivales o directamente no podía concentrarse sin tener música sonando a todo volumen.
Tras una década de intentos fallidos por mantener un trabajo estable, Tullgren decidió acudir a especialistas. Tres psicólogos independientes evaluaron su caso y coincidieron en que sufría una conducta compulsiva que afectaba gravemente su capacidad laboral. Con esos informes, el caso llegó a los tribunales suecos, que finalmente dictaminaron que su condición debía considerarse una discapacidad parcial.
El resultado fue histórico: Roger Tullgren recibió una pensión mensual y la autorización para trabajar únicamente medio turno. Además, su empleador aceptó que trabajara escuchando heavy metal y vistiendo su estética habitual, siempre que no hubiera clientes presentes. Una adaptación laboral tan insólita como única en el mundo.
La noticia dio la vuelta al planeta. Algunos lo celebraron como el metalhead definitivo; otros lo criticaron como un exceso del sistema social sueco. Pero lo cierto es que el caso abrió un debate real sobre cómo ciertas pasiones —cuando se vuelven compulsivas— pueden interferir profundamente en la vida cotidiana.
Hoy, Tullgren sigue siendo un icono del fanatismo metalero llevado al límite: un hombre cuya vida entera gira alrededor de riffs, conciertos y una devoción absoluta por el heavy metal… hasta el punto de que el Estado tuvo que reconocerlo oficialmente.
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